Cuando en la liga española se ficha, muchas veces pareciera ser que los clubs se encandilan con determinados jugadores, que efectivamente rinden en sus respectivas ligas locales, sin reparar si esos mismos jugadores, una vez traspasados a otro contexto, con otros compañeros y otro sistema de juego, pueden rendir de la misma manera. El de Martín Palermo es uno de esos casos evidentes. En el más que exitoso Boca Juniors de Carlos Bianchi de los finales de los noventa, Palermo se consolidó como un goleador temible, fundamentalmente a partir de lo que hacía dentro del área rival. A ello contribuyó la creación de Riquelme como media punta, apenas detrás de la línea atacante, compuesta por Guillermo Barros Schelotto, por afuera, y Palermo en el área y capitalizando los centros del Mellizo. Cuando comenzó la temporada, Bianchi, un sabio en usufructuar las capacidades de sus dirigidos, juntó a Palermo y al Mellizo (que venían de Estudiantes y Gimnasia, los dos equipos de la ciudad de La Plata y por lo tanto, no tenían una buena relación) y les dijo "ustedes tienen que llevarse bien porque futbolísticamente esta temporada se casarán", y de hecho, llegaron al título intercontinental, nada menos. Pero en el Villarreal eso no pasa con Palermo. Pelota que pasa cerca de su cabeza, es gol. Por lo bajo no tiene la misma efectividad, aunque sí la potencia necesaria. Pero cuando los goleadores no encuentran un juego acorde a su físico, a su movimiento, a sus características, van perdiendo la fe, se van desdibujando y más, como en el caso de Palermo, cuando su fuerte no está en llevar el balón sino en darle la última puntada, en definir la jugada. Y el Villarreal lo fichó sin tener jugadores como Riquelme, como el Mellizo. Y Palermo no puede definir lo que no se genera. Él está para hacer goles, no para jugar desde atrás. Es un definidor, no un virtuoso con la pelota en los pies.